sábado, 29 de abril de 2017

El verdugo

Este texto, hace un tiempo, fue publicado en el portal Cannabis.es y, por desgracia, no sólo no ha perdido vigencia sino que las cosas aún pintan peor.
La pena de muerte es una vergüenza como especie, y su nefasta aplicación lo es más aún. Vergüenza tras vergüenza, aquí seguimos...

PD: Me gustaría añadir que una vez escuché en TV a un conocido personaje ya fallecido, el "Cojo Manteca", contar como cuando le tuvieron que amputar la pierna por el accidente que tuvo, su madre fue llamada para "asistir al entierro de su miembro" y a él, siendo como era, le hacía mucha gracia y se descojonaba vivo. Se puede escuchar en la entrevista que le hace Jesús Quintero y está colgada en Youtube.

Me pregunto qué dice la ley que deben hacer -en Arabia Saudí, la dictadura terrorista amiga- con los miembros amputados en cumplimiento de su puta ley.
:P


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Hace unas semanas, pudimos ver en los medios una cierta campaña internacional para detener unas ejecuciones en Indonesia.
Ejecuciones legales, en todo lo que la palabra legal puede dar de sí, ya que se atienen a unas penas previstas en un código penal de un país soberano.
Las ejecuciones, anunciadas meses antes y ejecutadas con marcial precisión, tenían un punto de interés que otras muchas no tienen: de 8 ejecutados por el gobierno de Indonesia, 7 eran extranjeros. Así que el tema se trató con canallesca marrullería por parte de los gobiernos afectados, que se rasgaron las vestiduras e incluso hubo presidentes de estado llamando por teléfono para conseguir un indulto para los condenados. Pero de nada sirvió. No quiero decir o suponer que ninguno de los intentos que se hicieron para frenar esas ejecuciones fueran sinceros, pero era evidente que no era más que “el detalle social” en la agenda de esos días para algunos mandatarios occidentales. Indonesia hizo “lo que tenía que hacer” porque para eso se le ha enseñado que eso es lo que debe hacer.


¿Cómo enseñas a tu perro lo que quieres que haga y cómo lo que no quieres que haga? Pues con recompensas y juego si eres un buen educador, y con castigos si lo que quieres lograr es que te tenga miedo y obedezca asustado. No hablo, por supuesto, de la población castigada con dichas condenas sino de los gobiernos que las aplican sin que les tiemble el pulso. A Indonesia le hemos enseñado nosotros, los occidentales gobiernos escandalizados, a ser como es.
Indonesia es uno de esos países complejos por su geografía -cientos de islas, como la de Bali- y por su historia. Hace 70 años que les dio por declarar la independencia, en un movimiento oportuno en plena rendición de Japón a los USA tras haber soportado los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki. Y tras 4 años de lucha los originales colonizadores holandeses acabaron cediendo el asunto, así como reconociendo la soberanía del territorio. El héroe de aquella jugada se llamaba Sukarno y era el hombre fuerte del asunto: un líder nacionalista que iba a aprovechar la jugada de tener a una fuerza enemiga como Japón totalmente inoperativa tras la rendición a USA. Eso ocurrió en 1945 pero este “buen hombre” había llegado para quedarse, mucho tiempo, como otros dictadores de la época.
Del 45 en adelante, y especialmente tras la “rendición” holandesa de 1949 ante la presión internacional de las últimas descolonizaciones, el país se fue convirtiendo en una jaula en la que la mano dura era la política a aplicar, y se habían ido enterrando los mecanismos democráticos para dar paso al autoritarismo del “gran líder”. Sukarno supo sacar partido en las relaciones exteriores a las disputas de los dos bloques en la guerra fría, consiguiendo los favores de la China comunista y de la URSS en su política expansiva tras el final de la Segunda Guerra Mundial, pero al mismo tiempo siendo cortejado por USA en el juego de la misma política: todos poniendo dinero y más dinero hasta ver quién se quedaba con el “amigo”.
Así fue tirando hasta 1965 en que un golpe de estado, en el que fueron asesinados 6 generales, les sirvió de excusa para efectuar una purga salvaje dentro de los aparatos políticos del Partido Comunista con un saldo de unos 500.000 muertos. Poco después, su estado de salud y sus riñones le dejarían en un segundo plano, controlado por el General Suharto -los nombres molan mucho- quien tomaría los mandos del país en 1968, con el apoyo explícito de la administración USA.
Tras eso, el general Suharto gobernó otros 30 años hasta que la salvaje crisis económica que azotó los mercados en la década de 1990 le hizo tener que apearse y ceder el puesto a otros -en 1998- que desde entonces intentan abrir de nuevo una sociedad realmente democrática, en un embrozado camino pavimentado por corrupción económica y política, a imitación de sus mejores aliados occidentales. Es cierto que en Indonesia el tema de la religión, el Islam y sus manifestaciones, es un tema a tener en cuenta: es un país que intentó poner la sharia o ley islámica como primera norma legal, ya en el año 1945. 

A día de hoy, todavía existen ciertas formas de ley derivada de la sharia en algunas zonas del país, que también cuenta con tribunales religiosos. Aunque es justo decir que el contacto de Indonesia con la riqueza occidental -bajo el abrigo de USA- les ha hecho comprender las ventajas de un Islam alejado de fanatismos como los que observamos en Oriente Medio. Pero la ley islámica es algo que tiene un eco cultural para muchos Indonesios, que han vivido en zonas con autoridades cuyo poder emanaba de lo administrativo-estatal y de lo religioso al mismo tiempo.
Por un lado las ejecuciones no son algo “llamativo” para los habitantes del país, que saben que es un castigo para muchos delitos, incluidos los de drogas aunque no impliquen violencia alguna. Esa parte, en la que aceptan que los delitos de drogas (delitos de libre comercio sin daño a terceros) pasen a ser castigados de la misma forma que el homicidio y el asesinato, es nuestra marca cultural.

La marca que occidente ha impreso sobre terceros países, en la desmedida guerra contra las drogas y sus usuarios, convenciéndoles de que existía una especie de equivalencia entre comerciar con drogas y matar inocentes que justifica castigar con la pena de muerte esos delitos. En Indonesia, llevar cocaína en tu maleta es peor que haber violado a una menor o que haber traficado con armas.
No resulta muy distinto de lo que pasaría en Irán si te pillan con ese marrón, o en Corea del Norte -a pesar de su “Oficina 39” con la que consiguen divisas sintetizando y vendiendo drogas a los cárteles- gracias a la universalidad que hemos conseguido “en la guerra contra las drogas”. No podemos adiestrar a los países para que repriman con toda dureza un crimen sin víctima como la compra-venta de drogas y pedirles que “lo dejen pasar” cuando se trata de “extranjeros”. Eso no es más que un resto colonial en las mentes políticas más obtusas.
A los países se les “educa” a base de dinero: te abro el grifo y te cierro el grifo. El dinero quita y pone dictadores y, por supuesto, hace lo mismo con políticas implantadas desde fuera. Si occidente -como conjunto- cree que es una barbaridad ejecutar personas, debe dejar de cooperar con esos países. El gesto de llamar a consultas a los embajadores, que algunos países afectados por las nacionalidades de los ejecutados en esta ocasión pusieron en escena, no es más que lenguaje diplomático que -los otros países- se pasan por el arco del triunfo porque no significa nada.
Si quieren que los países “menos civilizados” dejen de ejecutar personas por delitos insignificantes, no les hablen de derechos humanos. Háblenles de tratados de comercio y de recortes en la cooperación: hablen de cómo les van a cerrar el grifo de la pasta si no hacen caso.
No es que nosotros estemos mucho más “civilizados”: hoy tenía que comer viendo en TV cómo un policía municipal de Palma de Mallorca (una ciudad poco sospechosa de infradesarrollo) pateaba la cara de un detenido que no podía defenderse. ¡¡Un garbanzo negro no hace cocido!! Ya, pero alrededor de ese garbanzo, había otros 5 policías que “estaban en la fiesta” de la tortura al maniatado: uno de ellos evitando que una cámara grabase los golpes -estilo karateca macarra de gimnasio- contra la persona indefensa. Tan culpable es el garbanzo que pega como el que calla y tapa, ambos son necesarios en el crimen.“Policías en Mallorca”; como si fuera un programa de ficción.
Supongo que si esos policías hubieran nacido en otra parte del mundo, donde las torturas son “legales”, serían grandes miembros productivos de su sociedad. Y si tuvieran que torturar -en nombre de la ley- a un comprador de cannabis, pues lo harían. O si tuviesen que cortar un brazo a una persona por haber robado, también lo harían -supongo- si lo manda la ley.
¿Y qué más harían, estos policías, si lo manda la ley?
Ahora mismo hay una abuela de casi 60 años de edad que espera para ser la próxima ejecutada en Indonesia. Se llama Lindsay Sandiford y su país -el Reino Unido o UK- al tratarse de una señora que llevaba cocaína en su viaje a Bali, ha decidido no ayudarla más. Política de drogas, le dicen.

La pobre abuela sabe que, tras la ejecución de “los extranjeros” que nadie pudo detener, ella es la siguiente en morir ante un pelotón de fusilamiento (compuesto por policías-militares). Ya ha escrito cartas a toda su familia porque morirá sin ver a su nieta de 2 años.
Al menos, allí no sufren la escasez de verdugos como les ocurre a nuestros amigos de Arabia Saudí. En Indonesia tienen el ritmo cogido, pero no nuestros “socios de estado” que hace poco cambiaron de rey porque se les murió el que tenían: a rey muerto rey puesto pero seguimos igual. Total, que no les parece que los 85 ejecutados en lo que va de año sean suficientes, y el ministerio responsable de esos asuntos en Arabia Saudí ha sacado una oferta de empleo pública: necesitan 8 verdugos para decapitar y seccionar miembros según la ley.

Me pregunto si conocen a Berlanga.

jueves, 20 de abril de 2017

Drogofobia policial contra usuarios de drogas en las Redes Sociales

A pesar del tiempo que ha transcurrido desde la publicación en Cannabis.es de este texto, no se puede decir que haya perdido ni un ápice de vigencia. La policía, especialmente la nazional en Twitter, pero también otros cuerpos y policías locales que parecen tener a esta cuenta de "libro de estilo" no cesan de insultar y faltar al respeto a los usuarios de drogas que, para quien no lo sepa, ejercen un derecho ya que el consumo de drogas (aunque usted no lo crea) no es un delito.

Esperamos que el texto os ilumine, para que tengáis claro en qué se gasta el dinero público esta gente que os insulta por -gracias a dios- no ser como ellos.


Maderos y drogofobia.

¿Qué pinta un texto sobre la policía y las redes sociales en un portal sobre cannabis?
No debería pintar nada, debería ser un error, devenir de un fallo en el que alguien ha confundido un par de archivos y ha publicado el que no era. Pero no, la policía está aquí y está “por derecho propio”: se ha hecho un hueco a base de insultar a los usuarios de cannabis y otras drogas, de difundir información falsa y de hacerlo con el dinero de nuestros impuestos.



¿Cómo es esto? Comencemos desde el principio.
El Cuerpo Nacional de Policía, en su proceso de modernización y contacto con el ciudadano, en el año 2009 abrió una cuenta en Twitter. La cuenta entonces acabó cayendo en manos de un tipo llamado Carlos Fernández, un personajillo que hasta el momento había sido “consultor de comunicación” y había estado -desde el 2005- al cargo de la campaña para la comunicación del DNI electrónico. No está de más decir que, en palabras del propio periodista que le entrevistaba a principio de este año, aquella campaña “fue un desastre” aunque el entrevistado prefería no reconocerlo. La cuenta pasaba “sin pena ni gloria” hasta que llegó el gran momento de las redes sociales en España: el 15M en el año 2011, que impulsó la adopción de Twitter como medio de información y forma de contacto tras mostrar la relevancia que las redes sociales podían tener a través de un fenómeno como fue el movimiento de los indignados.




Las redes, desde aquellos días, ayudaron a que la violencia que la policía empleaba contra los ciudadanos -en cientos de casos sin motivo alguno o sobre menores de edad- no quedase oculta, difundiendo vídeos y fotografías de las agresiones. Al mismo tiempo, las redes forzaron a los medios tradicionales a competir con la información que ellas ofrecían, provocando que gran cantidad de material mostrando la violencia de la policía frente al ciudadano -en manifestaciones, desahucios y otros contextos como el del asesinato de Juan Andrés Benítez- se mostrase en las televisiones. Las redes crecían en importancia, ya no eran simples opiniones lo que colgaban de ellas sino todo tipo de pruebas gráficas que mostraban -a todo el mundo, en segundos y con una difusión ilimitada- la violencia gratuita empleada en todo el estado.



Obviamente, la cuenta de la policía en Twitter era quien recibía el “feedback virtual del ciudadano” sobre lo que hacían en las calles -o lo que no hacían en los despachos de los corruptos- y el comportamiento de la cuenta a veces parecía estar más encaminado a provocar que a cualquier otra cosa. La cuenta empezó a “entrar en barrena”. Por ejemplo, no era infrecuente que la cuenta de la policía te escribiera citándote un tuit -normalmente intentando provocarte y puedo dar fe en primera persona de ello- que minutos después borrase, posiblemente para echarse unas risas a costa de la reacción de la gente.




O que su “community manager” -el tal Carlos- se dedicase a atacar a Podemos y a su líder o a provocar “perroflautas”, cosas muy celebradas por la manada de cuentas de -presuntos- miembros de la policía y sus miles de opositores al cuerpo, que aplaudían esas cosas como si estuvieran en ForoPolicía y aprovechaban para ir entrenándose con el lenguaje: “guarros, comunistas, yonkis, maricones, tortilleras y zorras” junto con algún que otro “con Franco no teníais cojones” y rematado con una pizca de “Arribaspaña”.


¿Qué coño hace la cuenta de una institución de funcionarios -pagados con nuestros impuestos- comportándose así? No era una elección casual, sino que detrás de su comportamiento había un claro componente político. Como cuenta en una entrevista en "El Confidencial" su responsable: “es en 2011 cuando Cosidó nos da la confianza necesaria para subir el tono de los mensajes. Es su éxito. Aunque nos equivoquemos, él sabe que sabemos lo que hacemos”. Que la cuenta que -en teoría- era la voz de la policía, que nos tiene que servir a todos los ciudadanos, se empezara a comportar así fue una decisión respaldada políticamente por el responsable puesto por el Partido Popular: donde hay capitán, no manda marinero.

¿Qué tiene que ver esto con cannabis u otras drogas?

Pues tiene que ver que a la vez que todo esto pasaba, la cuenta de la policía iniciaba su campaña moral contra las drogas y, sin duda alguna, especialmente contra sus usuarios. Todo esto a pesar de que Carlos “el community”, tiene amigos fumadores de cannabis a quienes da consejos -desde la cuenta de la policía, sí- sobre cómo es mejor esconder la droga en un viaje en avión para que la policía no la detecte. ¿Suena surrealista? Pues la información -cómo esconderla- se la tuvo que pedir a unos policías “que entendían” porque él ni entendía ni era policía, pero ellos se la dieron y él la publicó en Twitter a petición de su colega virtual, suponemos que por error. Era la policía en redes sociales “Marca España”, de la que encima presumían en los medios de ser la más “seguida” en el mundo, aunque en aquel momento contaban con menos followers que “Paquirrín”.
Eso lo hacía después de haber lanzado una campaña vergonzosa, en la que animaban a la delación por parte de los ciudadanos en materia de drogas, bajo el nombre de “Tweet Redada”. No es que la policía necesite saber dónde se vende droga: lo sabe de sobra. Era una jugada de imagen, porque a través de ese canal en el que la policía animaba a denunciar “anónimamente”, lo único que caen son camellos de poco pelo, vendidos por otros camellos que buscan usar los recursos de la policía para quitarse competidores. Pero eso bastaba para dar sensación, también virtual, de lucha contra las drogas y para asustar -que para la policía es sinónimo de educar- al cultivador que tiene sus plantas en casa para su propio consumo.
También lo hacía tras haber dejado clara la actitud de falta de respeto por parte de la policía hacia quienes consumen drogas con un “inspirado” tuit: “¿Descerebrado/a? ¿Sin futuro? ¿Sin personalidad? ¡CUIDADO! Tenes perfil para caer en las drogas... Y sólo te aportarán problemas. Di #DROGASNO


Las respuestas a semejante tuit emitido por parte de unos funcionarios -empleados con nuestro dinero- no se hicieron esperar y les llovió la mierda por todos los lados. Incluso hubo cuentas internacionales que se hicieron eco de cómo la Policía Nacional de España a través de Twitter insultaba a los consumidores de drogas, por lo que al cabo de un tiempo procedieron a borrar el tuit, y a pedir unas tibias disculpas “por si alguien se había sentido ofendido”. Pura fachada, en realidad se la pelaba si los usuarios de drogas se habían sentido ofendidos: era la marca de la casa. Tanto es que aunque el “consultor de comunicación” se acabó pirando a otra empresa (en concreto, a la cuenta de Iberdrola al estilo “puerta giratoria”) y pusieron una sustituta de nombre Carolina, las cosas no cambiaron sino que empeoraron.
La nueva empleada que lleva las redes -en este caso, una del propio cuerpo y adiestrada como los demás- parece tener algún problema con el tema de las drogas, al estilo de aquellas “Madres contra la droga” que si bien eran incapaces de razonar sobre el asunto y se limitaban a cacarear consignas (pillando de paso subvenciones), creían que estaban capacitadas para hablar sobre drogas por tener un hijo yonki o muerto “por las drogas”. La verdad es que me la pela lo que esa tipa piense u opine sobre las drogas, pero que lo haga en su casa y que la aguante su familia, que no lo haga en Twitter y con el dinero que le pagamos todos.
Entre algunas de sus última perlas podemos leer: “La droga, fuera de tu VIDA: ni cultivarla, ni traficarla, ni consumirla” o “NO seas loco: la DROGA es la peor opción. Consumirla puede acabar con tu vida y si traficas... acabarás en PRISIÓN” mientras sacan una foto de unas “bellotas de hashís”, que como todo el mundo sabe te mata si lo consumes. ¿Pero quién cojones es esta gente para decirnos lo que tenemos que consumir?



En estas otras, nos dan “su culta opinión” sobre las drogas mientras nos pretender intimidar con el gran número de chivatos y delatores que dicen tener: “La droga es una MIERDA y si traficas con ella acabarás con pijama de rayas. Tenemos muchos colaboradores.” O tienen el amable gesto de informarnos -desde su cátedra de medicina como policía que es- sobre el daño que nos hace la droga: “Consumir droga 'te deja tonto'. Si lo haces en lugar público lo pagarás caro (art. 25.1).
Lo que ha expulsado Carolina ayer por la noche -aparte de que usa las mayúsculas y la puntuación como el culo- es un ejemplo del más prohibicionista patetismo: “NO metas droga en tu vida... por tu familia, por tus amigos, por tu pareja, por tu trabajo, por TI...DI NO a las drogas”.
Por si eso fuera poco, a veces ayuda a esparcir mitos sin respaldo documental ninguno, como que hay gente metiendo “droga en las gominolas” (¿os suena? es la versión moderna de los “caramelos con droga a la puerta del colegio”) y que además tienen de todas. Mirad cómo mola su información sobre drogas: “50 detenidos en operación contra narcotráfico: preparaban metanfetamina con forma de gominola pero tmb vendían cocaína, marihuana, heroína”. Eso sí, no busques un link o información al respecto: ¿para qué si me la invento y se la tragan igual?

Aunque el mayor premio de esta masa de pensamientos trastornados nos llegó hace unos días, especialmente preparado y lanzado contra los usuarios de cannabis y especialmente contra los que cultivan de forma legal en su casa para su propio consumo. Haciendo caso omiso de que el Tribunal Supremo haya reconocido, en la sentencia del “supremazo” contra los CSC, que el cultivo de cannabis para el propio consumo no es un hecho delictivo, se lanzan a pedir en las redes sociales que denunciemos a nuestros vecinos si olemos a marihuana. Así, tranquilamente promoviendo la delación entre ciudadanos -que tanto excita a quienes visten el uniforme- nos invita a denunciarnos entre vecinos.

En este caso es interesante ir a ver la ristra de contestaciones que obtuvo dicho tuit, porque la reacción de la gente fue tan clara que no encuentras un mensaje que sea de apoyo a la policía ni a su miserable idea, y así se lo hacen saber con todo tipo de comentarios que, básicamente, vienen a decir que se dediquen a trabajar contra criminales de verdad y dejen de hacer el imbécil contra los usuarios de cannabis.
La falta de luces de la nueva “community” le hace demostrar -4 días después y ante el aluvión de críticas- que no sólo tiene una cátedra en medicina, sino que además es una jurista de renombre cuando nos hace una aguda disertación, ilustrada con una imagen del código penal -subrayado a boli y regla- que tira por tierra lo que ha dicho el Tribunal Supremo: “Las drogas pueden arruinar tu vida, cuanto más lejos mejor. RECUERDA: el cultivo, elaboración y tráfico está penado”.



Recapitulando. Se puede entender la fijación que tiene la policía -en este caso su cuenta y responsable en Twitter- con el tema de las drogas: de no ser por la guerra contra las drogas y sus usuarios, serían innecesarios un gran porcentaje de ellos, así como de jueces, funcionarios de prisiones, etc.
Lo que no parece normal, es que esa fijación se desplace sólo en el sentido de atacar el consumo por parte de los usuarios pero olvide completamente las noticias referentes a las drogas y el Cuerpo Nacional de Policía.... ¿como cuáles? Como éstas que salen en todos los medios, pero ellos prefieren olvidar en la redes sociales:
Sirva como muestra un botón y el razonamiento -prestado de Escohotado- que nos hacía ver que si bien se estimaba que sólo el 10% de los delitos de tráfico de drogas llegaban a salir a la luz, en el caso de los cuerpos policiales se podría bajar mucho esa cifra, ya que son los mejores formados y preparados para evitar los controles que ellos mismos como policías desarrollan, dejando los delitos de tráfico de drogas descubiertos en torno al 1% cuando se trata de estos funcionarios.
Ciertamente la cuenta de la policía en Twitter está muy concienciada buscando delatores y chivatos que denuncien a quien cultiva cannabis y “consume drogas que te dejan tonto”. 

Habrá que preguntarse, 
seriamente,
el porqué 
de ese intenso interés policial....




martes, 18 de abril de 2017

Amsterdam pierde el título de "Meca del Cannabis".

Este texto fue escrito tras una visita (20 años después de la última) a Amsterdam, para encontrarme cómo se había degradado la ciudad en el plano cannábico, cómo se trataba a los fumadores de tabaco como apestados y como se permitía ahora mezclar alcohol y cannabis en nuevos bares que -sin embargo- no podían venderte cannabis, ni permitirte fumar tabaco ni siquiera dentro de tus porros. La yerba no era mala, pero siempre era cara. Bueno, había alguna que sí era mala, y le ponían de nombre "orgánica" y la pagaban igual los pardillos amantes de "lo natural".

Lo cierto en es que cualquier CSC de España, eso que se esconde bajo el modelo asociativo -prostituyéndolo- y donde los "socios" desconocen siquiera lo que es una Asamblea General, hay mayor variedad de marihuana, de hash, así como extracciones tipo BHO o Shatter que en Holanda se consideran "droga dura" directamente (y te piden 200 euros por un gramo y cosas así) así que considerar  Amsterdam "la meca del cannabis" es una bonita mentira nostálgica: la meca del cannabis a día de hoy se llama España, y todos los saben ya.

El texto fue publicado en Cannabis.es, y esperamos que os sirva de aviso para los que tengáis pensando en ir a gastar vuestro dinero allí. ;))

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¿Quién no ha soñado con irse unos días a Amsterdam

¿Qué fumeta no ha deseado nunca ir a ese mágico lugar donde la yerba se vende legalmente -al por menor- y donde la policía no disfruta acosando hostilmente a quien se fuma un porro o toma otras drogas?

Yo creo que todos los amigos del cannabis -de una u otra forma- han idealizado el viaje a esa ciudad, paraíso de la marihuana y ejemplo ofrecido ocasionalmente a seguir para el resto de países como modelo regulador. Seguramente todos hemos argumentado a favor de un modelo de “normalización” como el holandés, a pesar de sus fallos ya que no cubre todo el proceso relativo a la planta y sus derivados sino sólo a su venta al por menor, pero era bastante para el usuario que simplemente compra y consume, se viera fuera del circuito legal de represión mediante prisión o multa. Y sí, es cierto: el modelo holandés es mejor que no tener modelo o que la prohibición a secas, aplicada además con torpeza.
Pero... ¿hasta dónde está dando de sí el modelo holandés? Decía Javier González, en su estupendo análisis sobre “el supremazo” contra los CSC, que el modelo CSC en España era -jurídicamente- un “traje al que se le revientan las costuras”. Pues al traje holandés no es que le vaya mucho mejor, y menos cuando sigue basándose en “hacer la vista gorda” con el mercado negro por un lado, mientras asfixian la parte legal con un modelo ultra-regulador. ¿Suena mal? Pues sienta peor.
Al llegar a Amsterdam, vía Schiphol que es su aeropuerto internacional, lo primero que me llamó la atención (que no había visto en viajes anteriores) al desembarcar del avión fue una “smoking area” dentro del propio aeropuerto, en la zona de seguridad-tránsito. Me llamó la atención porque -aunque estaba “adosada” a una oportuna cafetería- no era un servicio que prestase la cafetería sino el propio aeropuerto. 

Me pareció un detalle inteligente lo de no olvidar que hay bastante gente que fuma tabaco, que no deja de ser una droga adictiva, y que es mejor que haya un lugar donde poder fumar que tener que ver a la gente, en tránsito y esperando horas otro avión, escondida en los servicios para poder echarse un pitillo (una vez que cruzas el control de seguridad, no puedes salir a fumar a ningún lado). Lo que ya me sorprendió más, y no tan agradablemente, es que al salir de cualquier puerta de dicho aeropuerto te indicaban más “smoking areas” que estaban pegadas a las puertas de salida: ¿si estoy en la calle, a cielo abierto, necesito una zona de fumadores para encenderme un cigarro? 




No me quedó nada claro el propósito de esas “smoking areas” pero no le di mucha bola al tema, y agarramos el primer tren hacia Amsterdam Central Station que tuvimos a mano: teníamos ganas de ir a meternos en el fregao del Barrio Rojo y ver cómo estaba la zona, y eso hicimos tras un breve check-in en el hotel.
Llegamos a la entrada del Barrio Rojo en unos minutos, para comprobar (con bastante tristeza y nostalgia) que el Grasshopper -posiblemente el más reconocible y bonito de los coffeeshops para cualquiera que haya visitado la ciudad, por su colocación privilegiada y gran tamaño- había dejado de ser un coffeeshop para convertirse en... un bar para turistas sin nada que ver con el cannabis.
Aunque el Grasshopper era un lugar que tenía un excelente servicio con el cannabis -disponían de microscopios potentes para poder ver el cogollo con extremo lujo de detalles como parte del servicio- y que su calidad siempre fue muy alta, era también uno de los sitios que a la vez tenía los precios más altos. Por eso casi nadie lo tenía como su coffeeshop de referencia, una vez que conocías un poco el lugar. Así que sacudiéndome la nostalgia, tiré calle hacia delante para ir al “Speak Easy” que, también, había sido reconvertido en una especie de bar y en una tienda que hacía dulces: no existía ya. Y metros más adelante, pude ver el coffeeshop donde solía desayunar, totalmente cerrado y en un estado lamentable de conservación: el Baba, otro de los más conocidos coffeeshop del lugar, había muerto también (ya sólo existe como tienda de souvenirs en otro lugar).
Los 3 primeros coffeeshops que intentaba visitar en Amsterdam, y que había conocido durante años en mis viajes allí, habían desaparecido. ¿Qué estaba pasando? 




Quise pensar que sería una mala casualidad y nos zambullimos más en el Barrio Rojo buscando otras opciones, tirando también hacía la zona de clásicos ya bien metidos en los canales del Red Light, como The Bulldog (el original primer coffeeshop de Amsterdam y toda su franquicia actual de tiendas y hoteles).

Vimos algunos lugares que hacían uso de la palabra coffee, que invitaban a pasar a fumar porque tenían una “smoking room” e incluso que te dibujaban hojas de marihuana y te dejaban claro que, allí dentro, podías fumar tu cannabis: muy muy parecidos -solo en apariencia- a un coffeeshop pero sin serlo, porque allí no se venden cannabis y sí cerveza y otros alcoholes. Al final nos decidimos a entrar en un coffeeshop, que aunque nos trataron con amabilidad y corrección, podía inspirar poca confianza a primera vista: un sitio pequeño en el que se veía trasiego de gente constante, pero apenas sin barra (pequeña) y con un par de sitios para sentarse, gestionado por inmigrantes escuchando gangsta rap a toda hostia y viendo combates de artes marciales mixtas en la tele. El material que vendían no debía ser malo, porque no paraba de entrar gente -más residentes que turistas- a pillar. Pero eso de entrar, tomarse un café o un refresco y ver la carta, elegir, hacerte tu canuto y fumártelo tranquilamente charlando con quien te tocase al lado, era algo inexistente: no me extraña porque cada vez son menos acogedores esos lugares.
Pillé un clásico de la zona, Northern Lights, que estaba a “buen precio” si miraba los demás: a 8 euros el gramo cogiendo 2 gramos. Fue mi primer contacto con la nueva carta de precios, que se extendía desde esos 8 euros al gramo hasta los 20 euros el gramo que pedían por el 25% de las variedades con nombres más nuevos. ¿¿20 euros el gramo?? Ya podían ser cogollos de Swarosky para valer eso.
No quise irme sin echar un vistazo al hash, y vi un par que estaban baratos (unos 8 euros el gramo) y decidí llevarme un par de gramos de un hash, afgano de nombre, que dudo que tenga nada que ver con dicho país. Una calidad mucho más baja de que la estoy acostumbrado a fumar en mi propio barrio de ciudad española, a más del doble de precio. 

Pero no era lo único llamativo, porque tenías diferentes hash que oscilaban entre los 20 euros el gramo y los 90 euros el gramo. Sí, 90 euros el gramo de algunas variedades de “supuesto ice-o-lator”. A mí eso de pagar un gramo de hash más caro que un gramo de cocaína, es algo que me supera. Puestos a ver hasta donde había llegado la escalada de precios, pregunté por extracciones tipo BHOWax o Shatter, pero son ilegales (aunque se venden bajo cuerda en algunos lados) para la ley holandesa que las considera “droga dura” (allí siguen con la división de duras/blandas y no parece que se muevan). 

Al final, los encargados del local me facilitaron la dirección de un coffeeshop -y el nombre de la persona- que “tenía extracciones” pero cuyos precios empezaban allá por el infinito, de mucho más de 100 euros el gramo. Llegaron a hablar de 200 euros por gramo de algunas extracciones vendidas, pero que la demanda de dicho producto era entre muy baja y bajísima, quedando prácticamente reservada a los pirados que busquen “la última experiencia con el THC” y sean capaces de soltar 200 euros por un gramo. Con esos precios es normal que consideren que son “drogas duras”, sobre todo para el bolsillo.



Durante los 7 siguientes días, estuve con un buen ritmo de unos 3 o 4 coffeeshop distintos al día, pero lo que vi sólo fue empeorando el panorama. Encontré algunos coffeeshop que vendían “shaken” y que te lo explicaban como que eran los restos que habían ido rompiéndose al manejar los cogollos, pero dadas las cantidades que tenían sumados al estado, olor y apariencia de los mismos restos, parecían cogollos troceados que habían sido “pasados por mallas” para retirar parte de su resina, y la rebaja de precio (unos 2 euros menos que las yerbas medias) no compensaba ni el intento. Encontré el añorado “skuff”, que es una especie de hash hecho con restos de Super-Skunk prensados y que tiene un color verde claro, pero a un precio que era más de 5 veces superior a lo que había pagado por él en otras ocasiones y pasé de pagar semejantes precios.
También es cierto que encontré, en una yerba de 16 euros el gramo (no lo más caro del menú; el precio de una buena variedad “cheese” que ahora es moda allí como lo fueran hace décadas el Skunk y derivadas) de la que me dieron un cogollo que, aparte de que me causó tos hasta hacerme un desgarro muscular, era lo más lleno de resina que he visto en mucho tiempo, por dentro y por fuera. Realmente ese sí que parecía una pieza de cristal de Swarosky en sus tricomas, tanto que le perdoné la vida esa noche, y me lo fui fumando con calma a lo largo de mi estancia. Y no era “lo más caro” pero era sin duda lo mejor que he visto esta ocasión: realmente una excepción, esa en que te toca el cogollo perfecto. También vi mucha “mariwarra” que pretendían que pagases a 14 euros el gramo porque era bio-orgánica, o porque era una thai de exterior, o por cualquier otra presunta razón pero “mariwarra”. Y lo que no vi, en general, es una cultura del cannabis ni entre sus propios “profesionales”.
Tuve la suerte de toparme -una noche al volver de un museo- con un coffeeshop llamado Utopia, que fue el primer coffeeshop donde estuvimos realmente a gusto. Ninguna yerba superaba unos razonables 14 euros y eran todas primeras calidades, indicas y sativas. Pero sobre todo, la música no estaba puesta para echarte -la chica que regentaba el local en fines de semana tenía un gran gusto musical, nada estridente- ni te obligaban a encerrarte en una sala aparte -he estado en fumaderos de crack con mejor presencia que muchas de esas salas- si querías fumarte tu porro con tabaco. No es una exageración, ahora a los coffeeshops les están apretando las clavijas -a base de multas cuantiosas y sanciones que incluyen el cierre pero por permitir fumar tabaco en los porros. Incluso en esos cafés, que sin ser coffeeshop te permiten fumar cannabis, te ponen encima de la mesa una mezcla herbal para que no uses tabaco, porque está prohibido. Suena un poco a que el regulador ha perdido el norte: ¿me puedo fumar aquí un canuto de marihuana, pero le meten 3000 euros de multa al local si me lo hago con un cigarro? Vale que puedas aspirar a un lugar libre de humos, pero eso de perseguir el tabaco donde está permitido fumar cannabis, me parece otro ejemplo de ultra-regulación asesina.

Ese tema fue el inicio de la excelente conversación que tuve con la chica que llevaba el Utopia, y en el que me contó que estaban sobreviviendo como podían, diezmados por nuevas regulaciones que impedían nuevas aperturas, forzaban mayores cierres, restringían horarios y con un permiso para seguir funcionando por 6 meses más, que esperan -por costumbre- que se alargue. Pero el supremo de dicho país ya ha dicho que eso de venderle drogas a los turistas, no. Que las drogas sólo para los residentes en el país, y aunque la norma -de momento- no se aplica en Amsterdam, es otra espada de Damocles colgando sobre los coffeeshop, que van cerrando por distintas razones (forzosas por nuevas regulaciones locales o económicas por asfixia impositiva) y que no se volverán a abrir. 



La opinión más sólida que escuché sobre la situación, fue que el gobierno seguirá dando prorrogas hasta que llegue una legalización regulada, que permitirá cultivar solo unas determinadas variedades con control estatal, como en el tabaco. Un modelo estanco que ya auguran que no funcionará, porque esa restricción de variedades, posiblemente basadas en la potencia medida en THC, aumentará el mercado negro ya alimentado -por los propios residentes- debido a los excesivos precios finales que fuerza “el modelo holandés”.
Lo que más gratamente me sorprendió de lo visto es que, a pesar de los abusivos precios del cannabis allí, por más que busqué en los distintos smart-shops el menor rastro de cannabinoides sintéticos, e incluso pregunté insistentemente a varios dependientes y dueños que se prestaban a la charla, no pude encontrar nada. Y sólo una persona -en una de esas tiendas de “otras drogas legales”- conocía algo de lo que le estaba hablando, y le sonaba de UK pero no de Holanda.
Ni rastro de la marihuana sintética con sus tremendos riesgos para la salud: el cannabis sigue siendo la mejor barrera de salud público contra esas drogas, incluso pagando 10 euros por cada porro que te vas a fumar.




domingo, 16 de abril de 2017

Oliver Sacks, in memoriam.

Recuerdo cómo lloré la tarde que tuve que procesar que Oliver Sacks había muerto. No era pena por la pérdida de un ser humano excepcional, sino una reacción egoísta a tener que asumir que no volvería a leer un nuevo libro suyo, una nueva hipótesis, una nueva visión de algo que siempre estuvo ahí... esas cosas con las que Oliver Sacks solía obsequiar, de cuando en cuando, a sus coetáneos. En días como el de hoy, le echo de menos de una forma especialmente notable y no sé el porqué. Sólo sé que si es cierto eso de que las personas sólo mueren cuando muere la última persona que les recuerda, a Oliver Sacks le queda una larga y prospera vida.

Con todo mi cariño intacto, gracias OWS.

El texto fue publicado en su día en el portal Cannabis.es
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“Hace un mes, me encontraba con un buen estado de salud, incluso robusto. A mis 81 años, todavía nado una milla al día. Pero mi suerte se ha terminado: hace unas pocas semanas averigüé que tenía múltiples metástasis en el hígado.
Hace 9 años me descubrieron un raro tumor en el ojo, un melanoma ocular. La radiación y el láser, necesarios para destruir el tumor, me dejaron ciego de ese ojo. Aunque los melanomas como ese causan metástasis en un 50% de las ocasiones, dadas las particularidades de mi caso y diagnóstico, la probabilidad de que se produjera metástasis era mucho más baja (un 2%). Yo estoy entre esos desafortunados.”


De esta forma, el 19 de febrero del 2015, Oliver Wolf Sacks, empezaba a ajustar sus cuentas con la vida de forma pública tras asumir el hecho inevitable de una muerte próxima debido al cáncer que se había extendido por su cuerpo. En un impecable artículo publicado en “The New York Times” hacía público su estado de salud, y al mismo tiempo desgranaba unas cuantas reflexiones sobre su propia vida, ya a la luz de una muerte anunciada. Lo hacía con humor y gratitud, usando a modo de guía para comparar el “testamento espiritual” que dejó el filósofo David Hume cuando supo que estaba mortalmente enfermo a la edad de 65 años. Oliver se encontraba satisfecho: de entrada había podido disfrutar varios años más de rica existencia que el filósofo escocés. Incluso escribiendo sobre su propia muerte, sus palabras seguían desbordando pasión, curiosidad y vida.
Oliver Sacks moría poco más de medio año después, con 82 años de edad, el 30 de agosto del 2015, y sabía que lo hacía -morir- con la suerte de haber vivido una gran vida que, como él mismo decía, había estado “llena de trabajo y de amor”.
¿Y qué hace que este hecho -un hombre más que muere tras una infrecuente vida feliz- merezca un poco de nuestro escaso y contra-reloj tiempo? Oliver Sacks fue una de esas personas que procuró dejar el planeta, y a sus habitantes, un poco mejor de lo que estaban cuando él los encontró. Y creo sinceramente que fue de los que, además de intentarlo, lo logró en buena medida. ¿Pero quién era este tipo?
Oliver Sacks era un chico con la mirada curiosa de un químico. Las relaciones de su tío con un metal -el tungsteno o wolframio- le abrieron de niño un mundo de comprensión y percepciones ajeno a otros, en el que los elementos químicos eran los protagonistas. No había muerte ni había vida, sólo química decía él. Y esa química fue su refugio personal, su lente para colorear el mundo que le había tocado vivir, incluso ya como adulto. Nos lo contó en “Tío Tungsteno: recuerdos de una infancia química” en la primera ocasión en la que se sentó a escribir sus memorias.
No debió hacerlo mal, ya que su libro fue considerado como el único capaz de medirse con “La Tabla Periódica” de Primo Levi, que es aclamado como “el mejor libro de ciencia jamás escrito” por la Royal Institution inglesa y por apreciado como una joya para incontables químicos. La comparación la estableció un premio Nobel de Química y lo hizo después de decir “uno no necesita ser un químico -profesional- para poder disfrutar de las maravillas de la transformación química. Hoy entre nosotros contamos con alguien así: Oliver Sacks”.
Los químicos, en general, son un clan bastante cerrado a la hora de aceptar nuevos miembros en la categoría de “colegas”. Al menos, los grandes químicos. Hay quien postula que esto se debe a que los químicos son creadores en el sentido artístico y también en sentido estricto, ya que son el colectivo que crea nuevas disposiciones atómicas que nunca antes habían existido o estudia las que no se conocen aún, y las adapta para el resto de los mortales. La alquimia fue algo iniciático desde sus oscuros orígenes, algo que no estaba hecho para ser compartido con todos. Y creedme cuando os digo que el que un premio Nobel de Química incluyera e presentara como “un igual” a quien nunca fue un químico de formación y profesión, se puede considerar un honor más infrecuente que el premio sueco.
Sin embargo Oliver Sacks no se dedicaba profesionalmente a la química, sino que supo plasmar para todos una forma de ver las relaciones de la materia que estaba profundamente imbricada en una especial forma de ver la vida. No era una forma de percibir el mundo que no haya visto antes: la he observado con la misma claridad en las obras y palabras de “deidades químicas” como Albert Hofmann o Alexander Shulgin. Aunque ellos eran químicos de formación y profesión y Oliver Sacks era sólo un médico neurólogo, seguro que en un más allá -en el que ninguno de ellos creía- harían buenas migas. Aunque es posible que Sacks ya las hubiese hecho, hace mucho ya, con algunas de las creaciones moleculares de estos alquimistas de la conciencia humana.
Sacks estudia medicina en UK, pero en cuanto termina sale huyendo de su familia y del entorno opresivo y moralista que es el país tras la segunda guerra mundial para aterrizar en Canadá, desde donde fragua su salto a USA, que sería finalmente su destino. ¿Qué ciudad? San Francisco, años 60.
¿Y a qué se dedicó? Pues además de currar en el hospital, se hizo motero, culturista y levantador de pesas -de esos que de una hostia te convencen 3 meses- y se unió a esos chicos que hacen excursiones en moto por todo el país: los “Ángeles del Infierno”. Aparte, tomó con generosidad alcohol, cannabis, LSD (tal vez salido de las manos del propio Hofmann), anfetaminas y a saber cuántas drogas más que pudieran caer en sus manos (o salir de ellas). Por supuesto, nunca dejó de ser un químico en espíritu ni en su pequeño laboratorio amateur, donde siempre estuvo -de una forma u otra- en contacto con la química.
Un buen candidato para presentar en la cena de Navidad, interesante como pocos invitados podrían serlo. Ahora toda esa época turbulenta se describe como su lucha personal contra sus propios demonios y contra la herencia represiva que recibió de sus padres por ser homosexual, lo cual es bastante cierto sabiendo que salió de UK quemando naves con su familia, especialmente con su castrante madre. Sin embargo, aunque pudiera ser más o menos conocido por su entorno, Oliver Sacks no reconoció públicamente su homosexualidad hasta su ultima biografía publicada hace unos meses: “On the move”.
Tras estos revueltos inicios en su vida adulta, Oliver se miró un día al espejo viéndose demacrado y pensó que, si seguía por la misma senda, no duraría vivo ni un año. Así que se obró ese extraño milagro por el que un cachas gay de gimnasio, químico amateur y generoso usuario de drogas que macarreaba las carreteras en moto con sus colegas del infierno, acaba sus días como escritor de best-sellers de divulgación científica y neurólogo de prestigio internacional aclamado por los más respetados miembros de la comunidad científica como “humanista”. ¿Qué pasó entre medias?
Oliver Sacks se centró en su trabajo como neurólogo, y en especial en sus pacientes y su calidad de vida por encima del simple y frío diagnóstico. Y fue la mente creativa de Sacks (y su íntima relación la química psicoactiva) la que encontró -violando algún protocolo seguramente- que había una sustancia precursora de la dopamina, de estructura simple y similar a la anfetamina, que se llamaba L-DOPA y que permitió a un grupo de pacientes afectados por un extraño sueño durante décadas volver a la vida, aunque fuera temporalmente. “Awakenings” -o “Despertares” en castellano- fue el libro que le lanzó al mundo literario, contando su experiencia con estas personas que gracias a esa sustancia, recuperaban -décadas después con los problemas de ajuste que eso produjo- la capacidad de interactuar de forma normal con su entorno y que posteriormente sería llevado al cine, con un pasteloso resultado que no le hizo justicia en lo profesional, llevándole a ser conocido y apreciado ante el gran público.
Doce años después de ese libro, Sacks publicó el que muchos consideramos la gran obra de su carrera: “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”. El título del libro, que era una interesantísima recopilación de casos de daño neurológico y de cómo esos pacientes lidiaban con ellos en su vida diaria, hacía alusión al caso del Dr. P., un hombre que sufría de una agnosia visual: una persona cuya capacidad de percibir los estímulos visuales no está dañada, pero la capacidad de asociar lo que ve a un concepto útil para la persona no está presente. El Dr.P. podía reconocer lo que era un ojo, una nariz o una oreja, pero no era capaz de unir todas estas piezas y ver un rostro significativo: ni siquiera el de su propia mujer, aunque en cuanto escuchaba su voz todo era comprendido de nuevo. El nombre exacto de esa agnosia visual asociativa es prosopagnosia y, paradojas de la existencia, fue un trastorno neurológico que Oliver Sacks sufrió a lo largo de su vida, aunque parece que no fue consciente de ello durante un largo tiempo: la dificultad o imposibilidad de reconocer rostros mediante la simple percepción visual.
Hace como una década, tuve la ocasión no elegida -sufrí un ictus o micro infarto cerebral- de experimentar una agnosia visual pasajera (por suerte) y durante la cual recordar la historia del Dr.P me hizo entender -en el mismo momento que la estaba sufriendo- lo que le estaba pasando a mi cerebro. Habían sido días de un gran esfuerzo intelectual de cara a unas pruebas universitarias, todo había salido genial y ese día había sacado un nuevo disco mi grupo musical favorito: estaba pletórico de alegría. Me quedé dormido sobre la cama con las luces de mi habitación encendidas. Cuando llevaba unas horas durmiendo, algo en mi cabeza me despertó: fui una especie de ruido, nada exagerado, parecido a un chasquear de dedos. Desperté en el acto, recuerdo que con buen ánimo, y me encontré en mi cama observando atentamente todo mi entorno. Me levanté de la cama, y como si fuera la primera vez en mi vida fui observando cada rincón de mi habitación, cada objeto, cada papel, las sillas, el armario. Y observarlos me producía una mágica sensación: veía todo tan claramente como siempre, pero todo parecía nuevo y nunca visto. Veía una plancha de madera con un trozo de metal a la altura de mi mano, pero no entendía que era una puerta. Me pasaba con todo lo que mis ojos percibían, hasta que mi mano tocaba el objeto en cuestión: en ese momento, todo recuperaba su sentido original y era una puerta, era un armario, era un libro, era una taza, era un ordenador, etc. ¡¡Pero para poder saberlo, tenía que recurrir al tacto y no estaba ciego!!
Hubo un momento, mientras vagaba flipando con las nuevas sensaciones de mi cerebro por el espacio de mi cuarto y sus objetos, que recordé lo que era la agnosia visual gracias a ese texto sobre el Dr.P., y en ese momento -supongo que lo que quedaba funcionando correctamente en mi cerebro dio la alarma- comprendí de que estaba sufriendo las consecuencias de un daño cerebral. Lo que quedaba de mi cerebro racional tomó el control en el acto y, como pude, llegué a avisar llorando y muerto de miedo a mi compañero de piso de que estaba teniendo un infarto cerebral y que pidiera ayuda urgente. Desapareció todo en menos de una hora igual que vino, de golpe, y sin dejar huella alguna por suerte. Hoy me alegro de haber podido experimentar algo tan increíble y lo recuerdo con cariño, pero fue aterrador enfrentarse a un mundo que dejaba de responder a las coordenadas habituales.
La lista de temas y casos que Oliver Sacks trató en sus escritos y libros es enorme, oscilando desde la experiencias perceptivas de las personas afectadas de sordera, de ceguera a los colores o de las experiencias con alucinaciones y visiones por distintas razones, a casos de autismo como en “Un antropólogo en Marte” donde hace de la autista y profesora universitaria Temple Gradin el sujeto de su historia. Pero aparte de su íntima relación con la química, el trabajo más interesante que Oliver Sacks desarrolló, aunque no sea el más conocido, es el libro “Musicofilia: relatos de la música y el cerebro”.
Aunque lo observó desde su primeras investigaciones con los pacientes letárgicos de la L-DOPA, no fue hasta unos 30 años después cuando dedicó parte de sus esfuerzos a comprender cómo la música actúa en el cerebro humano, siendo capaz de operar sobre funciones que parecían desaparecidas, recuperar recuerdos perdidos, ayudar a las personas con problemas motores por Parkinson a moverse sin la lentitud o excesiva rapidez que su enfermedad les imponía, y un innumerable listado de virtudes desatadas por la música en el campo de la neurología clínica. La música fue para Sacks la droga más poderosa de todas a la hora de obrar milagros en la funcionalidad del cerebro humano, sano o dañado.
Oliver Sacks pasó sus últimos días en su casa de Manhattan tocando el piano y en compañía de Bill Hayes -escritor, fotógrafo y ensayista- con quien había formado pareja desde hacía unos pocos años, tras varias décadas de “celibato autoimpuesto” en las que prefirió dedicar sus fuerzas a sus pacientes neurológicos y a mejorar la calidad de vida que tenían.
Oliver Sacks siempre dijo que no le bastaba con escuchar lo que sus pacientes le contaban, sino que deseaba experimentarlo todo de primer mano. Hace una semana Oliver experimentó la más compleja experiencia neurológica que un ser humano puede vivir: su propia muerte.
Gracias, Oliver, por todo lo que nos diste.


jueves, 13 de abril de 2017

La situación actual (Abril/2017) de Juanma: tetrapléjico con dolor y sin su analgésico.

Hace unos días, a través del portal Cannabis.es conocíamos la situación de Juanma -un conocido enfermo de dolor crónico que usa cannabis medicinal desde hace más de una década y que vive en una silla de ruedas por una lesión medular- que había sido asaltado por la policía, en el interior del centro donde legalmente reside (su vivienda a todos los efectos) por esta consumiendo el cannabis medicinal que usa para tratar hace lustros sus dolores neuropáticos, que no se alivian con otros fármacos (mórficos incluidos).

Tras quitarle darle un sermón, interrogarle en busca de quién le ayudaba (ya que necesita unas manos que le ayuden para poder fumar) y pedirle que le delatara negándose Juanma, y cachearle (a un enfermo en silla de ruedas) hasta encontrarle los cigarros de cannabis medicinal ya liados -los tetrapléjicos no lían cuando quieren como el resto- y quitárselos.

Por suerte, la ayuda totalmente desinteresada de varias personas, ha conseguido hacer una cadena que le ha permitido a Juanma salvar la situación, por unos días, tras haber estado un mes sin medicación contra el dolor, pero no es algo definitivo.

La próxima semana, en Cannabis.es, os contaremos las novedades de Juanma en el CAMF de El Ferrol y su situación.

De momento, y hasta la próxima semana, os dejamos este repaso.

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Narramos la historia de Juanma, el recorrido por su dolor, un sufrimiento que lamentablemente se ha vuelto invisible para el poder y que ha saltado varias veces a los medios de comunicación. El testimonio de Juanma –tetrapléjico- es el reflejo de la vulneración de su derecho a vivir dignamente y aliviar su dolor crónico de origen neuropático con el único remedio que le resulta eficaz: el cannabis medicinal.
En la mañana del pasado miércoles día 22 de febrero, dos agentes de policía vestidos de paisano se personaron en el“Centro de Atención a Minusválidos Físicos - CAMF” de El Ferrol (A Coruña), dirigiéndose hacia Juan Manuel Rodríguez Gantes -tetrapléjico de 45 años residente en el centro-, quien se encontraba en su silla de ruedas, terminando de fumar el cannabis medicinal que usa -desde hace décadas- para aliviar su dolor crónico de origen neuropático. Tras identificarse como policías y directamente preguntarle si él era Juan Manuel Rodríguez, pasaron a recriminarle que estuviera consumiendo lo único que le alivia los dolores que sufre y le informaron de que iban a interrogarle.
Juanma preguntó si estaba obligado a contestarles, a lo que según nos contó el propio afectado, contestaron que sí. Ya que este hecho estaba transcurriendo en un lugar a la vista del resto de internos y pacientes del centro, le dijeron que podía elegir “si quería ser interrogado allí, ante la vista de los demás, o en otro lugar más privado”.



Juanma aceptó ser conducido a una sala -dispuesta por el director del centro para los policías- donde fue cuestionado sobre su consumo de cannabis medicinal para aliviar los dolores. En la 'conversación' se le presionó para que revelase cuál era el origen del cannabis que consumía y, dado que lleva décadas en una silla de ruedas como “gran dependiente” y con apenas movilidad en manos y dedos, quién era la persona que cedía sus manos, para liar los cigarros de cannabis que por sus dolores necesita. Juanma se negó a facilitar dicha información. Viendo el rumbo que iba tomando aquella 'conversación', Juanma preguntó si no debería haber un abogado allí presente y le contestaron que “no era necesario” y que “sólo estaban charlando”. Dado que Juanma se negaba a revelar la identidad de la persona que le prestó las manos para poder aliviar sus dolores, le informaron de que iba a ser “cacheado”.

¿ABOGADO? ¿PARA QUÉ? SI SÓLO ESTAMOS CHARLANDO...

Los agentes procedieron al registro de Juanma (incluidas sus pertenencias) en la silla de ruedas, requisándole unos 70 cigarros de cannabis medicinal con unos 15 gramos de yerba sin preparar, que la persona que le ayudó le había entregado “apresuradamente y sin haber podido terminar de liar todo el cannabis”. A partir de ese momento, a Juanma le empiezan a sugerir que pueden imputarle por “tráfico de estupefacientes” y a presionarle -con mayor intensidad- para que revelase tanto el origen del cannabis, como el nombre de la persona que había prestado sus manos a Juanma. Al verse amenazado con dichas implicaciones legales, Juanma volvió a decir que consideraba oportuno que allí hubiera un abogado, a lo que se le contestó que “si quería un abogado, que le fueran preparando para irse detenido”, por lo que nuevamente cesó en su pretensión, asustado ante dicha reacción por parte de los policías.
La situación terminó -allí- con la presencia de un mando superior de la policía, a quienes los desplazados llamaron al no obtener la información que querían, y no tener claro cómo proceder desde dicho punto. El inspector de policía que acudió, terminó finalmente decidiendo que no le llevarían detenido, pero que le impondrían una multa además de requisarle la única medicación que le alivia los dolores que sufre.
Juanma saltó a los medios en el año 2007 cuando un juez le absolvió, de la acusación presentada contra él por la dirección del centro, por cultivar unas plantas de cannabis en su habitación. Esto, que lo había hecho anteriormente sin problema alguno -incluso contando con el apoyo explícito del psicólogo de la Seguridad Social que le trata- pasó a ser cuestión de enfrentamiento cuando llegó un nuevo director, que fue quien impulsó la denuncia desestimada posteriormente por el juez. A lo largo del año 2008, gracias a la entrevista que publicó la revista “Interviú” (realizada por Alberto Gayo) su caso pasó a ocupar tiempo en televisiones y medios nacionales, quedando en la memoria colectiva como “el Ramón Sampedro de la marihuana” al tener una lesión producida de forma muy similar a la del conocido personaje, inmortalizado en la película “Mar Adentro” de Alejandro Amenábar. Pero a diferencia de este último, que luchó por su derecho a morir dignamente, Juanma quiere luchar -ya lleva muchísimos años luchando- por el derecho a poder vivir sin tener que sufrir dolores, gracias al cannabis medicinal. A diferencia de Ramón Sampedro, Juanma no quiere morir todavía; dicho estado de ánimo y perspectiva vital tiene buena relación con el alivio que le proporciona el cannabis medicinal, que le ha sido inesperadamente arrebatado.

AÚN HAY MÁS.

Tras dejarle sin la medicación contra sus dolores -días después- la policía abordó en plena calle a un amigo de Juanma, cuando iba tranquilamente paseando con su mujer, y le llevó a comisaría donde tuvo que contestar preguntas relativas a su relación con Juanma (de nuevo sin presencia de juez o abogado) para posteriormente quedar “en libertad, pendiente de declaración ante el juez”.
Así nos lo contó Juanma a Cannabis.es, durante varias conversaciones telefónicas mantenidas desde que hizo público unllamamiento de auxilio en su blog, al quedarse sin cannabis y ver que también se está atacando a las personas que -de forma totalmente altruista y humanitaria- le prestan ayuda. Estas personas, lo único que están haciendo es suplir las carencias que conlleva la tetraplejia que sufre Juanma, y sin las que le sería casi imposible paliar sus complejos dolores que sufre, ante la negligencia de una administración que le prefiere con dolor antes que permitirle y/o facilitarle el tratamiento que le es más efectivo en su caso concreto.



Juanma pertenece a ese grupo de pacientes que, dada la etiología (patogénesis) de su dolor, no parecen beneficiarse adecuadamente de los analgésicos narcóticos de tipo opiáceo/opioide, como la morfina y, sin embargo, el cannabis les aporta el alivio que requieren. Como ha explicado muchas veces Juanma, su dolor es una señal incorrecta que mandan los nervios dañados a su cerebro, como lo es la sensación de “miembro fantasma” en aquellas personas que han sufrido una amputación. Esta sensación, en el cerebro de Juanma, se convierte en un dolor tan real e intenso como cualquiera de los que se pueden sufrir en un cuerpo físico. Y mientras que la morfina resulta poco efectiva en su caso, el cannabis medicinal le ha permitido tener una mejor calidad de vida durante años de consumo terapéutico, en el centro donde se encuentra y que es, a todos los efectos, su lugar habitual de residencia y hogar.
El dolor crónico de origen neuropático que sufre Juanma, no lo sufre como una consecuencia derivada de su tetraplejia, no.Lo sufre a consecuencia de una infección no tratada correctamente a tiempo y que forzó a los médicos a usar antibióticos con fuertes efectos secundarios (neuropatíaspara salvarle la vida, aunque dejándole como enfermo de dolor crónico para siempre, por el daño causado en sus nervios. Juanma está en silla de ruedas -para toda su vida- por el accidente que sufrió el 8 de junio de 1990, al saltar al mar calculando mal la profundidad. Pero los dolores que sufre son un“extra añadido a su tetraplejia” que una infección mal tratada le dejó, y con los que lleva pudiendo lidiar años, gracias al cannabis medicinal.

¿GRACIAS AL CANNABIS MEDICINAL? ¿SOLAMENTE? NO.

En el caso de Juanma -como en el de otros lesionados medulares de su tipo- convergen circunstancias especiales que lo hacen especial respecto a otros pacientes que se pueden beneficiar de uso del cannabis: su libertad de acción está gravemente disminuida, tanto para poder desplazarse de forma autónoma, como para poder prepararse su cannabis medicinal, dada la falta de suficiente movilidad en brazos, manos y dedos. Estos pacientes pasan una parte del día en su cama, y otra en la silla de ruedas (en caso de que su lesión lo permita) y para pasar de una a otra, requieren la asistencia de terceras personas, así como para vestirse, asearse o incluso alimentarse en algunos casos, ya que no podrían de no tener ayuda.
De igual forma, lo que para la mayoría es un acto trivial como liar un cigarro con cannabis, para una persona en la situación de Juanma es un objetivo inalcanzable sin la ayuda de terceros, que lo que hacen es -simplemente- prestar sus manos a quien, por un accidente, quedó sin poder usar las suyas como todos los demás. Y ese acto -de calidad humana básica- que es prestar unas manos a un paciente que no puede usar las suyas, y que necesita usar cannabis medicinal como tratamiento, está siendo en esta situación también objeto de ataque. No persiguen sólo a Juanma -no es el objetivo- sino que ahora persiguen a quienes le ayudan, de manera que por su condición de gran dependiente quede inerme y sin recursos, una vez ya asustados y señalados todos los que le socorren para que no sufra dolor.



Para Juanma, escribir todo esto sería una labor titánica. Desde Cannabis.es, estamos encantados de poder prestarte nuestras manos y nuestra voz, para que se reciba claramente tu petición de ayuda y tu mensaje.Asimismo, esperamos que sean muchos los medios de comunicación que presten sus alas a Juanma para recibir el tratamiento adecuado sin coartarle la ayuda altruista de las personas que son sus manos, así como nosotros queremos ser su voz y esperamos no predicar en el desierto en un país que se considera ‘civilizado’ como España y en pleno siglo XXI.
#teprestomismanos
#teprestomivoz